miércoles, 8 de octubre de 2014

A mi otro yo

Andrea en una sesión de fotos sacando su alegría. Foto por: Josue Hernández
Andrea Diaz Rabadán, sí, esa soy yo, una jovensuela de 21 años de edad, aún vivo con mis dos padres, mi papá; el señor Hugo Diaz quien es de estatura promedio; regordete; ojos marrón y pequeños; labios delgados; con cabello en el que ya se asoma alguna que otra cana, y mi mamá, ¡ay dios! la señora Concepción Rabadán; quien también es de estatura promedio; cabello negro y quebradizo; de ojos grandes; y quien es muy burlona. También vivo con una bestia que dicen es mi hermana, en fin; su nombre es Brenda Diaz; ella es muy parecida a mi papá, excepto los ojos, esos los sacó de mi mamá. 

He aquí el dilema, yo me parezco a mi mamá, pero con los pinches ojos chiquitos de mi papá, gracias al cielo soy alta ya que mido 1.75, no soy delgada ni tampoco gorda, y tengo el pinche lunar de mi abuela; a la que odio por abandonar a mi papá de pequeño, tengo una risa muy peculiar o más bien una carcajada que se escucha siempre al exterior de cada lugar, tengo buen carácter y por lo general soy buena persona, pero cuando me enojo pierdo los estribos cañón, y ni yo misma me aguanto.

Soy originaria de la Ciudad de México; una ciudad demasiado extensa en la cual puedo perderme pero me gusta. Viví la mayor parte de mi vida en la colonia Santa Lucía, en la famosa calle de las 15 letras; un lugar donde fui feliz muchos años, porque podía salir y recorrer la empedrada y pequeña calle a cualquier hora del día, donde podía ver los grandes árboles con frutos, y rosales muy bonitos. Mi casa era grande, era de dos plantas; y mi en mi cuarto había un balcón; en el cual me gustaba salir a mirar las estrellas o a tomar aire.

Mi vida comienza con mi hermana y yo peleando, cuando éramos pequeñas; porque ella era muy fresa. Cuando nos peleábamos era de jalarnos los cabellos, aventarnos en las camas o en el piso; no importaba en dónde, aunque un día enloquecí y le mordí fuertemente una nalga, a lo que mis papás me regañaron y creyeron que estaba loca. En fin, las peleas eran ya una costumbre del día a día, fuera durante el día, en la noche o ambas. No sé qué me pasaba, en verdad estaba loca. Hasta que cumplí cinco años y el karma me saludó por vez primera, ya que en el kínder un día muy bonito, una niña con cara de loquita me mordió el cachete derecho, y mi reacción fue empujarla; pero neta parecía perro porque no me soltaba, desde ahí aprendí mi lección y ya no peleaba con mi hermana. 

Debido a que mi papá tocaba la guitarra, comencé a desarrollar un gusto por la música desde pequeña, él me quería enseñar pues me tenía demasiada paciencia, y me sentaba junto a él en un sillón negro en la sala, pero mis manos aún eran pequeñas para esa enorme guitarra y sus duras cuerdas, además, a mi mamá no le gustaba la idea de que yo fuera músico si era una niña.

Desde pequeña me gusta más hacer amistad con los niños, porque son muy divertidos, cuando iba en la primaria me juntaba como con seis niños, con los que podía patear una pelota fuertemente por el piso, con quienes aprendí  a bailar para soñar que éramos cantantes como Eminem, Uff y Kumbia Kings, con quienes llegué a ser muy valiente y enfrentarme al temido fantasma de la primaria; aquel que se encontraba en la planta baja; que era oscura y se decía había sido un cementerio, dicho fantasma era una niña que se aparecía ahí y mataba a los niños, y al cual desafiamos valientemente al ir a sus dominios, terminando en una rápida huida al ver una espantosa sombra en aquel lugar, ¿producto de nuestra imaginación?, no lo sé, lo que sí sé es que fuimos los sobrevivientes.

Cuando entré a la secundaria me la pasaba haciendo tonterías, como aquel día en el que inundé el pequeño taller de dibujo técnico, o cuando aventaba las mochilas desde el tercer piso; y sólo se podían ver volando, o cuando gateaba para entrar a clase porque el tiempo  me había traicionado, y como olvidar una que otra mentada de madre a los profesores cuando les subían la calificación a las niñas lloronas, aunque hice todo esto estaba consciente de mis errores, y aceptaba el castigo que en su mayoría era escribir durante las clases cientos de veces no tengo que hacer esto o aquello, aunque confieso que ya las llevaba hechas.

Pero en la secundaria llego a mí, mi gran amor la música, desde ahí supe lo que quería ser, quería escribir canciones para cambiar y ayudar a las personas, para entrar en su ser y que sintieran aunque sea un poquito aquello que yo sentía al cantar o a tocar. Me uní al coro, yo era apática, y un día la maestra me regaño que me enojé tanto y cante excelente, me salieron los gorgoritos, las notas las canté como eran y se sorprendió mucho, a partir de ahí me la pasaba en el calabozo, un lugar recóndito en el que me la pasaba cantando y tocando la flauta, o escuchando tocar a mi maestra su piano. Eso dio pie para que le insistiera a mi papá que me enseñara a tocar la guitarra, y me preocupaba por practicar, tarde y noche en mi cuarto, donde me encontraba rodeada de objetos musicales. Pero decidí echarle ganas a la escuela para más adelante ingresar a una escuela de música.
Entré a la prepa y conocí a muchas personas muy importantes para mí, incluyendo a una persona a quien odie, pero a quien aprendí a amar; por quien llore demasiado y por quien terminé mi preparatoria, y por quien me volví responsable.
Era latosa y muy risueña, siempre se me veía o más bien se me escuchaba cuando llegaba a la escuela por mi risota o mi vocesota, algunas veces cantaba y hacía coreografías graciosas con mi amiga Andreita, le decíamos así porque ella era bajita. Me divertía haciendo bromas aunque me decepcionaba porque decían que eran malas.
Cuando terminé la prepa terminé sin la persona a quien amé, pero con una numerosa familia de personas brillantes, esos chicos y chicas a quienes admiro y respeto aunque no me lo crean. Esas personas a quienes extrañé desde antes del adiós en nuestra graduación.

Ensayando para ser mejor. Foto por Andy Diaz
Me volví una persona débil, le comencé a temer a las personas, pero ingresé a Yamaha, y conocí a mi pequeño amiguito Daniel de ocho años y un master en el piano; con quien me peleaba porque hacía trampa en la identificación de notas. Conocí a un excelente maestro y una gran persona David Oviedo; un maestro con ojos azules; que le brillaban cada que daba clase, y que se llenaban de amor cuando interpretaba alguna melodía, yo quería ser así, y por ello le dije que yo quería tocar así, debido a esto me paso a una clase donde iban más avanzados, y dijo que ahí había alguien que tocaba muy bien, ese tipo era Ricardo; de quien me hice amiga y a quien logré alcanzar, y competíamos por sacar más rápido las partituras complejas, ambos teníamos hambre de aprender más y más. A mí me salían callos, y me dolían rico los dedos, pero valía la pena. Con tan sólo 6 meses de estancia en Yamaha el profesor nos inscribió a Ricardo y a mí al concurso de Guitarra clásica, en el cual me divertí, aunque al subir al escenario me sudaron las manos, y aunque no pase me sentía inmensamente feliz.

Ingrese a la Universidad para estudiar periodismo en una pequeña escuela; la Unila, para cambiar al mundo con mi ayuda, quería ser la excepción, aunque debido a esto ya no me daba tiempo para asistir a Yamaha, y engañe a mi amor (la música) con otra profesión, al principio sufrí porque me consideraba idiota en todas las materias (ándele por andarse cambiando), pero me he ido enamorando de mi carrera. Día a día entro dentro de cuatro paredes, en dónde me preparo  profesionalmente.
Y bueno esta soy yo. Mis gustos: Amo las novelas de amor, la poesía, la Música es mi boom, me gusta el anime, me encanta dibujar, amo los perros y los gatos, soy miedosa mi peor pesadilla es el exorcista (no sé por qué), y me gusta estar con mis amigos, del pasado y de ahora.

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