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| Andrea en una sesión de fotos sacando su alegría. Foto por: Josue Hernández |
He aquí el dilema, yo
me parezco a mi mamá, pero con los pinches ojos chiquitos de mi papá, gracias
al cielo soy alta ya que mido 1.75, no soy delgada ni tampoco gorda, y tengo el
pinche lunar de mi abuela; a la que odio por abandonar a mi papá de pequeño,
tengo una risa muy peculiar o más bien una carcajada que se escucha siempre al
exterior de cada lugar, tengo buen carácter y por lo general soy buena persona,
pero cuando me enojo pierdo los estribos cañón, y ni yo misma me aguanto.
Soy originaria de la Ciudad de México; una ciudad demasiado
extensa en la cual puedo perderme pero me gusta. Viví la mayor parte de mi
vida en la colonia Santa Lucía, en la famosa calle de las 15 letras; un lugar
donde fui feliz muchos años, porque podía salir y recorrer la empedrada y
pequeña calle a cualquier hora del día, donde podía ver los grandes árboles con
frutos, y rosales muy bonitos. Mi casa era grande, era de dos plantas; y mi en
mi cuarto había un balcón; en el cual me gustaba salir a mirar las estrellas o
a tomar aire.
Mi vida comienza con mi hermana y yo peleando, cuando éramos
pequeñas; porque ella era muy fresa. Cuando nos peleábamos era de jalarnos
los cabellos, aventarnos en las camas o en el piso; no importaba en dónde, aunque
un día enloquecí y le mordí fuertemente una nalga, a lo que mis papás me
regañaron y creyeron que estaba loca. En fin, las peleas eran ya una costumbre
del día a día, fuera durante el día, en la noche o ambas. No sé qué me pasaba,
en verdad estaba loca. Hasta que cumplí cinco años y el karma me saludó por vez
primera, ya que en el kínder un día muy bonito, una niña con cara de loquita me
mordió el cachete derecho, y mi reacción fue empujarla; pero neta parecía perro
porque no me soltaba, desde ahí aprendí mi lección y ya no peleaba con mi
hermana.
Debido a que mi papá tocaba la guitarra, comencé a
desarrollar un gusto por la música desde pequeña, él me quería enseñar pues me
tenía demasiada paciencia, y me sentaba junto a él en un sillón negro en la
sala, pero mis manos aún eran pequeñas para esa enorme guitarra y sus duras
cuerdas, además, a mi mamá no le gustaba la idea de que yo fuera músico si era
una niña.
Desde pequeña me gusta más hacer amistad con los niños,
porque son muy divertidos, cuando iba en la primaria me juntaba como con seis
niños, con los que podía patear una pelota fuertemente por el piso, con quienes
aprendí a bailar para soñar que éramos
cantantes como Eminem, Uff y Kumbia Kings, con quienes llegué a ser muy
valiente y enfrentarme al temido fantasma de la primaria; aquel que se
encontraba en la planta baja; que era oscura y se decía había sido un
cementerio, dicho fantasma era una niña que se aparecía ahí y mataba a los
niños, y al cual desafiamos valientemente al ir a sus dominios, terminando en
una rápida huida al ver una espantosa sombra en aquel lugar, ¿producto de
nuestra imaginación?, no lo sé, lo que sí sé es que fuimos los sobrevivientes.
Cuando entré a la secundaria me la pasaba haciendo tonterías,
como aquel día en el que inundé el pequeño taller de dibujo técnico, o cuando
aventaba las mochilas desde el tercer piso; y sólo se podían ver volando, o
cuando gateaba para entrar a clase porque el tiempo me había traicionado, y como olvidar una que
otra mentada de madre a los profesores cuando les subían la calificación a las
niñas lloronas, aunque hice todo esto estaba consciente de mis errores, y
aceptaba el castigo que en su mayoría era escribir durante las clases cientos
de veces no tengo que hacer esto o aquello, aunque confieso que ya las llevaba
hechas.
Pero en la secundaria llego a mí, mi gran amor la música,
desde ahí supe lo que quería ser, quería escribir canciones para cambiar y
ayudar a las personas, para entrar en su ser y que sintieran aunque sea un
poquito aquello que yo sentía al cantar o a tocar. Me uní al coro, yo era
apática, y un día la maestra me regaño que me enojé tanto y cante excelente, me
salieron los gorgoritos, las notas las canté como eran y se sorprendió mucho, a
partir de ahí me la pasaba en el calabozo, un lugar recóndito en el que me la
pasaba cantando y tocando la flauta, o escuchando tocar a mi maestra su piano.
Eso dio pie para que le insistiera a mi papá que me enseñara a tocar la
guitarra, y me preocupaba por practicar, tarde y noche en mi cuarto, donde me
encontraba rodeada de objetos musicales. Pero decidí echarle ganas a la escuela
para más adelante ingresar a una escuela de música.
Entré a la prepa y conocí a muchas personas muy importantes
para mí, incluyendo a una persona a quien odie, pero a quien aprendí a amar;
por quien llore demasiado y por quien terminé mi preparatoria, y por quien me
volví responsable.
Era latosa y muy risueña, siempre se me veía o más bien se me
escuchaba cuando llegaba a la escuela por mi risota o mi vocesota, algunas
veces cantaba y hacía coreografías graciosas con mi amiga Andreita, le decíamos
así porque ella era bajita. Me divertía haciendo bromas aunque me decepcionaba
porque decían que eran malas.
Cuando terminé la prepa terminé sin la persona a quien amé,
pero con una numerosa familia de personas brillantes, esos chicos y chicas a
quienes admiro y respeto aunque no me lo crean. Esas personas a quienes extrañé
desde antes del adiós en nuestra graduación.
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| Ensayando para ser mejor. Foto por Andy Diaz |
Me volví una persona débil, le comencé a temer a las
personas, pero ingresé a Yamaha, y conocí a mi pequeño amiguito Daniel de ocho
años y un master en el piano; con quien me peleaba porque hacía trampa en la
identificación de notas. Conocí a un excelente maestro y una gran persona David
Oviedo; un maestro con ojos azules; que le brillaban cada que daba clase, y que
se llenaban de amor cuando interpretaba alguna melodía, yo quería ser así, y
por ello le dije que yo quería tocar así, debido a esto me paso a una clase
donde iban más avanzados, y dijo que ahí había alguien que tocaba muy bien, ese
tipo era Ricardo; de quien me hice amiga y a quien logré alcanzar, y competíamos
por sacar más rápido las partituras complejas, ambos teníamos hambre de
aprender más y más. A mí me salían callos, y me dolían rico los dedos, pero
valía la pena. Con tan sólo 6 meses de estancia en Yamaha el profesor nos
inscribió a Ricardo y a mí al concurso de Guitarra clásica, en el cual me
divertí, aunque al subir al escenario me sudaron las manos, y aunque no pase me
sentía inmensamente feliz.
Ingrese a la Universidad para estudiar periodismo en una
pequeña escuela; la Unila, para cambiar al mundo con mi ayuda, quería ser la
excepción, aunque debido a esto ya no me daba tiempo para asistir a Yamaha, y
engañe a mi amor (la música) con otra profesión, al principio sufrí porque me
consideraba idiota en todas las materias (ándele por andarse cambiando), pero
me he ido enamorando de mi carrera. Día a día entro dentro de cuatro paredes,
en dónde me preparo profesionalmente.
Y bueno esta soy yo. Mis gustos: Amo las novelas de amor, la
poesía, la Música es mi boom, me gusta el anime, me encanta dibujar, amo los
perros y los gatos, soy miedosa mi peor pesadilla es el exorcista (no sé por
qué), y me gusta estar con mis amigos, del pasado y de ahora.


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